Un adicto no nace el día que consume su primera sustancia.
El origen está mucho antes…
en el vacío emocional,
en las heridas no nombradas,
en los vínculos rotos o ausentes.

La adicción aparece como recurso. Como intento de calmar algo que no se puede decir.
Como anestesia frente a un dolor interno que nunca encontró palabras.

No es la sustancia…
es el sufrimiento que se esconde detrás de la acción.
La soledad que se disimula en una fiesta. La ansiedad que se calla en cada brindis. La rabia acumulada, la tristeza que no tuvo espacio,
el niño que nunca fue escuchado.

La adicción no es solo una adicción química.
Es un síntoma.
Una expresión del psiquismo que no sabe otra forma de defenderse del vacío, del trauma, de la angustia.

El adicto no busca placer.
Busca olvido.
Busca paz.
Busca apagarse cuando el mundo interior se vuelve insoportable.
Y aunque el cuerpo se dañe, el alma cree que por unos minutos va a poder respirar.

Muchos adictos vivieron historias de abandono, de violencia, de exigencia extrema. Crecieron sin contención emocional, sin un otro que pudiera escuchar su malestar y aprendieron a cargar con todo, a callar, a adaptarse. Hasta que el cuerpo y la mente buscaron una salida.
Y la sustancia fue la puerta más rápida… pero también la más destructiva.

El problema no es la sustancia.
Es lo que representa.
Es lo que intenta cubrir.
Es la historia que no fue narrada.
Es el llanto que no se permitió.

La salida no es solo dejar de consumir.
Es mirar lo que hay detrás.
Es ir hacia ese origen emocional.
Es desandar la historia, ponerle palabras a lo que dolió, y construir una nueva forma de vivir sin anestesia.

Se puede elegir sanar y construir una nueva vida.
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